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Desde
el 27 de abril de 2003, figurará en el santoral de la Iglesia católica el
Venerable Santiago Alberione (1884-1971), declarado bienaventurado por el papa
Juan Pablo II. No cabe duda que él ocupa un lugar privilegiado, entre los
grandes discípulos del apóstol san Pablo en el siglo XX. Con una gran dosis
de audacia y una pizca de presunción, el P. Alberione propuso a los miembros
de la familia por él fundada, el desmesurado ideal de "ser san Pablo
vivo hoy", y además les trazó el camino, proponiéndose como
ejemplo para recorrerlo. En esta nota me limito simplemente a recrear el clima
en que vivieron y respiraron sus primeros discípulos.
El
porqué de una opción
El
encuentro de Alberione con san Pablo no se dio de buenas a primeras; fue un
proceso en que fluyeron diferentes factores: la inspiración, la oración, las
circunstancias y estudio. En el tiempo de su formación en el seminario, se
verificó un florecer de obras inspiradas en san Pablo. León XIII lo citaba
con frecuencia en sus encíclicas; san Pío X había tomado como emblema de su
pontificado el lema paulino: "Instaurare omnia in Christo" (Instaurar
todo en Cristo). En Suiza cosechaba éxitos la Obra de san Pablo, del
canónigo Joseph Schorderet, que utilizaba la prensa para desarrollar su
misión; en Alemania proliferaban los "Amigos de san Pablo"; en los
EE.UU. habían surgido los Paulistas, del padre Isaac Thomas Hecker, y en
Italia, la benemérita Sociedad de san Pablo, fundada en 1865, difundía la
buena prensa... Y no eran las únicas obras nacidas bajo el patrocinio del
Apóstol.
Por
cierto, este clima influyó en Alberione, lector apasionado y, después de la
inspiración de la "noche santa" (31 de diciembre de 1990 a 1901),
estaba definitivamente decidido a prepararse "para hacer algo por los
hombres del nuevo siglo en que le tocaría vivir" (AD 15).
En
un texto carismático él mismo narra que "la admiración y la
devoción hacia san Pablo comenzaron especialmente por el estudio y la
meditación de la carta a los Romanos" (AD 64). No fue, por tanto, un
amor a primera vista, sino madurado en una larga y amorosa reflexión sobre la
personalidad, la santidad, la eclesialidad y su obra misionera en todos los
pueblos. Lo impactó sobre todo esta su universalidad, no sólo geográfica. "Vio
en Pablo, escribía, al verdadero Apóstol: por lo tanto, todo apóstol
y todo apostolado podían aprehender de él" (AD 64).
El
clima muy paulino de los orígenes
Quienes
vivieron cerca del P. Alberione por mucho tiempo, y en especial los jóvenes
de la generación fundadora, se han preguntado a menudo, con el correr de los
años, si todo aquello que vivieron entonces era un sueño, una realidad
desconcertante o, en el mejor de los casos, una generosa utopía. El Fundador
quería que sus hijos e hijas fueran "San Pablo vivo hoy", y
se lo inculcaba con una catequesis constante, incisiva y cordial. Pero, en
realidad, ¿qué había en todo esto? ¿Un engaño sistemático, un piadoso
subterfugio para suscitar energías juveniles a favor de la "buena prensa",
o qué más? Muchos se lo preguntaban y el mismo P. Alberione no estuvo ajeno
a esta clase de duda y de tentaciones, hasta llegar a creerse por un cierto
tiempo un "iluso" (cfr. AD 113). No obstante, con el consejo y la
seguridad que le daban sus superiores eclesiásticos, la obra seguía adelante
y los frutos no se hicieron esperar.
Con
todo, las pruebas fueron durísimas. Al principio tuvo que prohibir a sus
jóvenes que dijeran fuera de casa que la obra sería dedicada a san Pablo.
Pero cuando la noticia se filtró, más de uno lo tomó por loco. Sin embargo,
disfrutaba también de gratificaciones. En el ámbito íntimo a la "pequeña
casa", apenas iniciada, se le llamaba "Casa San Pablo", y
muchas personas se referían a ella con expresiones que complacían mucho al
P. Alberione: "Hemos ido a san Pablo", "Hemos estado en san
Pablo", "Vamos a san Pablo", y él gozaba y fomentaba estas
expresiones porque eso era lo que él quería. A los papas de sus alumnos les
decía: "Su hijo lo han dado a san Pablo, y tienen asegurada la
salvación". También las ayudas que pedía eran para san Pablo. La sala
de redacción se llamaba "Sala san Pablo"; la primera grande iglesia
por él construida - la "iglesia de los cooperadores" - fue dedicada
a san Pablo.
El
"diario" del beato Timoteo Giaccardo (1896-1948) está repleto de
anotaciones domésticas paulinas. San Pablo era en verdad el inspirador de la
obra naciente. "Se trabajaba con mayor celo y con mejor buena voluntad.
San Pablo se mostraba contento y nos bendecía ampliamente". En los
alumnos produjo un fuerte impacto la decisión de "tener permanentemente
encendida una lámpara delante de san Pablo"; y el padre Giaccardo
comentaba: "Era el símbolo de la llama viva de los corazones; era el
símbolo de la continua y ardiente súplica al Espíritu Santo".
Además
fue consagrado a San Pablo el "primer lunes de cada mes"; a San
Pablo se le reservó la celebración del mes de junio (antes dedicado en el
grupo al Sagrado Corazón de Jesús). Las fechas del 25 de enero y 30 de junio,
ambas dedicadas a San Pablo, "eran fechas de especial devoción y
especiales alegrías". No faltaban los cantos, henchidos de la retórica
de aquel tiempo, pero vibrantes de entusiasmo conquistador: "Vuelve,
Apóstol de Cristo, a nosotros..."; "Al Apóstol de las gentes, al
glorioso Pablo santo..." No faltaban tampoco las procesiones con la
imagen de san Pablo, llevada triunfalmente por los patios de la casa. Y no
sólo esto, sino que se leían también las cartas de san Pablo y cada día se
aprendían de memoria algunos versículos de las mismas en latín.
En
fin, "el cuadro de San Pablo estaba entronizado en casa, en su puesto de
honor". Y el P. Alberione solía repetir que San Pablo nos ha obtenido
gracias más numerosas que las letras tipográficas que forman la "coronita"
a él dedicada en el "devocionario" paulino. Pero no terminaríamos
nunca de contar. En aquel clima cargado de paulinidad, se preparaban los
futuros paulinos y paulinas- que años más tarde implantarían la obra en los
cinco continentes para llevar a todos el mensaje de la salvación, a
imitación de Pablo. Sí, con toda verdad podían cantar: "Vuelve,
Apóstol de Cristo, a nosotros...".
Todo
para comunicar a Cristo
El
P. Alberione escribía a los primeros paulinos enviados a Brasil en el lejano
1931: "Las ediciones de ustedes sean las más pastorales, como las haría
San Pablo si viviera hoy". Repetía con fuerza: "Faltaron los
pueblos a Pablo, pero no Pablo a los pueblos". También la elección de
los medios más rápidos y eficaces puestos al servicio del Evangelio, se
inspiraba en Pablo predicador, escritor y gran andariego por los caminos del
mundo. Habitualmente seco en su predicación, cuando tocaba este argumento, el
padre Alberione se entusiasmaba, se mostraba enfático para animar a los suyos
a mirar lejos como el Apóstol. "Si San Pablo viviera hoy, continuaría
ardiendo con la doble llama de un mismo incendio: el celo por Dios y su
Cristo, y por los hombres de todos los países. Y para hacerse oír, subiría
a los púlpitos más elevados y multiplicaría su palabra con los medios del
progreso actual: prensa, cine, radio, televisión... Y su doctrina no sería
fría ni abstracta..." (CIS 1152).
Sus
alumnos, adolescentes o poco más, y casi todos de origen campesino, se
identificaban con el ansia misionera del P. Alberione, y se sentían ya (¡y
también se creían!) otros tantos Pablos en miniatura, lanzados a la
conquista del mundo para Cristo; y todo esto, sin moverse de la imprenta y de
las librerías, que eran las nuevas iglesias, los nuevos púlpitos de la
Palabra de Dios. Más tarde el P. Alberione afirmará: "La parroquia
de ustedes es el mundo". Pero muchos de sus discípulos ya lo
sentían así y se preparaban para comunicar en esa "parroquia"
universal el mensaje de la salvación.
La
preocupación por su proyecto lo impulsó pronto a elaborar la que llamamos
"espiritualidad paulina", que de San Pablo toma el color, los
contenidos y el dinamismo; espiritualidad que es el alma del apostolado o
misión. Se le veía celoso de esa espiritualidad, y nada le disgustaba tanto
como el constatar que algunos "no tenían el color paulino". Todo
lo resumía en la expresión de san Pablo: "Es Cristo quien vive en
mí" (Gál 2, 20), y lo inculcaba incesantemente porque - decía él
- "si uno está lleno de Cristo
como san Pablo, lo da con o sin medios; pero si no tiene la vida de Cristo, no
hay medio que valga".
Pablo
padre, maestro, modelo y fundador
El
padre Alberione, durante toda su larga existencia, inculcó a los suyos el
ideal de "ser San Pablo vivo hoy", y les dio ejemplo con su vida
espiritual y misionera. Por lo demás, era consciente de que una sola
congregación no podía representar ni realizar un ideal tan grande. Pensó
entonces iniciar un conjunto de institutos, cada uno de los cuales viviría un
aspecto particular: Pablo comunicador del Evangelio, Pablo orante, Pablo
animador de comunidades, Pablo promotor de vocaciones, Pablo encarnado en las
realidades terrenas.
Y
lo que parecía sólo una generosa utopía, se hizo realidad en la Familia
Paulina. Del texto que recoge la historia carismática de sus fundaciones,
emerge con claridad y fuerza profética lo que verdaderamente significó para
él la figura de Pablo y el deseo de lo que debía significar también para
sus hijos e hijas. Es un texto ampliamente meditado y sufrido, escrito en
1954, a los cuarenta años de la fundación de su obra. Se dio en él una
profunda persuasión que se convertía en súplica apremiante: "Todos
deben considerar a san Pablo Apóstol como padre, maestro, modelo y fundador.
Porque de hecho lo es. De él ha nacido, él la ha nutrido y la hizo crecer,
de él ha tomado el espíritu..." (AD 2).
En
realidad, ¿qué pretendía el P. Alberione al tomar a Pablo como inspirador
de su obra? Diría que deseaba darnos un ejemplo de misionero
"santo", apasionado por Cristo, adulto en Cristo, siempre nuevo con
la novedad de Cristo; que vive lanzado hacia delante; una persona que no tiene
tiempo para complacerse en lo que se ha hecho, sino sólo para considerar lo
mucho que todavía queda por hacer. Esta debe ser, según Alberione, la
actitud permanente de paulinos y paulinas, si quieren ser sabios y apóstoles,
formados según el corazón de Pablo, y vivir como él lanzados hacia delante
(cfr Flp 3,13).
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